sábado, 11 de febrero de 2012

13.# Me rehusaba a aceptar que no la veríamos nunca más.

La arena me molestaba, estaba caliente y  no llevaba nada con que cubrirme mis pies. Papá estaba lejos, estaba protegiéndose del árido sol que brillaba con una fuerza implacable. O eso era lo que decía, pero ambos sabíamos que se cansó de esperar a mamá. Siempre la esperé, que volviera del agua, que saliese de ahí con su típica sonrisa. Me rehusaba a aceptar que no la veríamos nunca más, al principio recorría toda la costa, de un lado al otro, no sabía con precisión por dónde saldría mamá. Finalmente al ver que no servía esa táctica, decidí esperarla en la zona más alejada del lugar, a ella siempre le gustó ser discreta.
Aunque papá estuviera tratando de vigilarme siempre que pudiera, yo misma me daba el lujo de desaparecer un buen rato. Odiaba que me clavara la mirada él u otra persona, nunca me gustó llamar la atención. 
El calor me seguía molestando, suspiré y me desprendí de la poca ropa que llevaba, dejando al aire mi traje de baño negro. Pasaron horas antes de que escuchase su voz, no la podría confundir nunca, ni aunque pasaran cincuenta años. Levanté la vista tratando de localizarla pero el sol no me dejaba ver, de verdad que odiaba los días soleados.  Sin embargo, un rayo de sol reflejó el océano y escuché con más fuerza a mamá. ¿Porqué querría ella que me metiera? ¿Ella querría que nos encontráramos ahí? Sus llamados interrumpían mis pensamientos, sin seguir meditandolo me adentré al mar...
Dí mis primeros pasos en el agua  y me sacudí como si una corriente eléctrica atravesara todo mi cuerpo. Cerré mis ojos y me concentré en ella, en su llamado...Y entonces cualquier sonido, cualquier sensación o cualquier roce me era indiferente si no provenía de ella,de mamá. El agua me llegaba hasta mi cintura, acariciandome levemente. El sol ya dejaba de molestarme, incluso me gustaba, todo se sentía tan bien...
Impulsivamente, seguí metiendome más y esa sensación se intensificaba...El mar era parte de mi y yo era parte de él. El agua estaba helada pero no lo sentía, solo la sentía a ella, su voz se hacía más leve, quizás era porque ya estabamos juntas. Así era como tenía que ser, yo sabía que ella seguía conmigo. Y de pronto la dulzura empezó a dolerme, sentía su amor ahogarme, me sentía escapar, cómo si mi alma se estuviese tratando de separar de mí. Traté de moverme, pero no pude, mi cuerpo no reaccionaba, estaba ahí inerte y sin probabilidades de subir a la superficie. Sabía que debía estar aterrorizada pero mi mente no se inmutaba, sabía que me estaba ahogando pero no me importaba, mamá estaba al lado mío, por instinto supe que todo estaría bien. Me pedía que no pensara, que no me preocupara, que todo pasaría en un rato y que estaríamos juntas devuelta, así es como tenía que ser. Con la poca influencia que me quedaba sobre mí alcanzé a ponerme en posición fetal y me dejé llevar. Desconectado mi cuerpo estaba y ahora mi mente también.  Y entonces el dolor volvió a ser aquel sentimiento tan dulce que me embriagó antes.




Una pareja de turistas corrieron a buscar a los guardavidas, entre gritos histéricos los llevaron hasta el sitio donde momentos antes estaban divirtiendose. Un cuerpo sin vida se mecía entre las olas.